En un pueblo perdido de la España vacía aún existe una puerta forrada con dientes humanos que cierra una cuadra. Para los vecinos nunca supuso ninguna amenaza. Todos, hasta los más viejos, habían crecido con su presencia. La normalizaron. Pasaban junto a ella con escalofriante naturalidad. La misma con la que aceptaban la existencia de un nido de cigüeña en el campanario de la iglesia, los chorretones congelados en invierno del pilón de la plaza o la permutación inocente de las estaciones.
Pero Marta Parker, una joven psiquiatra llegada del centro de Nueva York, la contempló estremecida.
Había salido por ella una noche, dando desgarrados gritos, una vieja loca desdentada, poseída por Satanás.
Entró otra noche un soldado vomitando la cena, arrepentido de la barbaridad que acababa de cometer.
Pasó frente a ella una mujer destrozada por la derrota y la pena, tras dejar a su hija en un orfanato.
Solía sentarse junto a ese establo un sabio juez de paz, que, pese a sus profundos conocimientos y exquisitas formas, ocultaba un oscuro secreto.
Y un chico nostálgico de imaginación desbocada, al ver dos paletos gigantes clavados sobre las argollas, creyó ver la sombra de un monstruo escondido detrás de la puerta, dejando solo entrever, tras morder la madera, sus horripilantes dientes.
Aquellos incisivos, colmillos y muelas fueron testigos mudos de muchos desastres, misterios y un crimen perpetrado allí.
Un antiguo portón.
Una cuadra oscura, cerrada, como la boca de un muerto, con todas las piezas dentales por fuera.

